OPINIÓN

¡Gracias por nada, Alberto!

La clase media argentina se acostumbró a ser el último orejón del tarro de la sociedad. Cada vez que alguien habla de países que han logrado un desarrollo económico sostenido, como Chile, la primera frase que aparece en el Pequeño Larousse Ilustrado del Progresista es “pero ese es un país que no tiene clase media, sólo ricos y pobres”, una mentira más grande que nuestro índice oficial de enfermos por COVID-19.

Pero ninguno de esos progresistas te dirá que no existe una clase media más castigada en este mundo que la nuestra algo que con Alberto Fernández y la pandemia mundial empeoró dramáticamente.

La mayoría de los países que han logrado un desarrollo más que importante en este último medio siglo, han tomado medidas para ampliar y sostener a su clase media. Claro, tal vez una familia de clase media, en otro país, deba hacer un gran esfuerzo para mandar a un hijo a la Universidad o sus hijos deban hacer un gran esfuerzo académico o deportivo para acceder a la educación de grado, algo que en nuestro país parece incomprensible, esforzarse en lugar de que el Estado nos regale todo es en Argentina un pecado.

Pero, en otros países, esa clase media obtiene el acceso a créditos a tasas razonables para comprar su casa, su auto, recibe protección estatal ante cualquier tipo de inclemencia y las PYMES, e inclusive las grandes empresas que dan trabajo, en esos lugares son las primeras en recibir asistencia cada vez que hay una caída dramática de la economía.

Nuestra clase media en cambio, tiene acceso a universidades gratuitas, cuyo nivel decae año a año, pero comprar una casa en Argentina es prácticamente imposible y las cuotas de un crédito para comprar un auto, se rigen por un índice que se calcula entre el valor del dólar y el de la inflación, o sea es más fácil ganar un vehículo en un sorteo que conseguir que durante tres años en este país se venda un auto en cuotas razonables.

Pero, como si sufrir todos esos males no fuera suficiente, la cosa se pone peor a la hora de hablar de la presión tributaria. En este país se cobra impuesto a las ganancias sobre el salario, algún “k fans fiel seguidor de la biblia de los profetas Navarro o Sylvestre”, podrán decir que en los países desarrollados se paga ese mismo tributo en los salarios, la respuesta en simple, ningún país normal en este globo terráqueo le cobraría un impuesto a la ganancia a un salario de 692 dólares como ocurre en nuestro país.

Ser asalariado es casi una bendición tributaria en la Argentina aun cuando los impuestos y las deducciones se queden con el 39%, o más, de tu salario. Tener una Pyme en este país es ser un masoquista o tentarte a ser un evasor todos los días de tu vida.

Los gremios que consideran que la inflación es sólo para los trabajadores y que los empleadores no la sufren exigen sueldos irrisorios, el estado nacional te cobra IVA, impuesto a las ganancias, impuesto al cheque, entre otros, mientras que las provincias te cobran sobre tus ingresos brutos y los municipios agregan sus propias tasas.

A todo esto vamos a sumarle una pandemia mundial, esa maldita enfermedad que nació del otro lado del mundo y que hoy nos mantiene encerrados en casa al borde del colapso nervioso y económico. Desde hace ya 20 días se cerraron bares, colegios, empresas, obras en construcción, entre otras tantas actividades dejando un tendal de gente sin su ingreso diario. Los monotributistas clase A y B, recibirán, luego de 25 o 30 días sin facturar magros 10 mil pesos que, con suerte, servirán para cubrir las deudas que les generó estos 20 días sin actividad.

Los monotributistas clase C, D y los autónomos, que en el mejor de los casos habían facturado 100 mil pesos en estos 90 días, no recibieron ninguna ayuda estatal, siguieron pagando el colegio de sus hijos, sus alquileres las cuotas de sus autos sus deudas bancarias y cuando termine esta pandemia habrán pasado 40 días sin recibir un centavo, ni una exención impositiva o algún beneficio similar. En el medio muchos asalariados, cobraron sólo una parte de sus salarios o, peor aún, perdieron sus empleos porque las empresas donde trabajaron no pudieron sostenerse.

Tal es el caso de Dánica que acosada por el sindicato de aceiteros, que elevó el salario de mínimo sus trabajadores por encima de los 60 mil pesos, tuvo que cerrar sus puertas, el “genial” Axel Kicillof, que se perfila en sólo cuatro meses como el peor gobernador de la historia de Buenos Aires, en lugar de salvar a la empresa dispuso una multa millonaria. No merece un eufemismo, hay que decirlo con todas las letras ¡qué tipo pelotudo! 

La clase media, castigada por un gobierno paupérrimo de Mauricio Macri, fue la que impulso a Alberto Fernández a la primera magistratura nacional, los asalariados que veían a sus emolumentos perder poder adquisitivo mes a mes fueron quienes aportaron sus votos para una paliza electoral histórica, todos ellos hoy se unen en una frase que los representa “gracias, por nada, Alberto”.

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