Durante casi medio siglo, fue el partido más importante que jugó la Selección Argentina de fútbol. Y lo perdió, en complicadas situaciones, que favorecieron al local, Uruguay, que vivió la final de la primera copa del mundo como si fuera una guerra. Sí, porque ni el Toto Juan Carlos Lorenzo ni Carlos Salvador Bilardo, ni las peores noches de la Copa Libertadores inventaron nada en eso de sacar ventajas extradeportivas. Se cumplen 90 años de aquella final, progatonizada por Argentina y el local, Uruguay, el 30 de julio de 1930.

“Los uruguayos nos hicieron la guerra desde que llegamos porque sabían que el título iba a estar entre ellos y nosotros. Por la noche no nos dejaban dormir y nos insultaban en los entrenamientos”, evocaba Francisco “Pancho” Varallo años después.

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Hinchas argentinos escuchando el partido por radio frente al edificio de La Prensa.

Luis Monti otra de las figuras del equipo argentino, fue amenazado de muerte la noche anterior al partido, al igual que su familia, por dos espías italianos de régimen fascista de Benito Mussolini, si la Argentina ganaba. El propio Monti, quien luego del mundial fue reclutado por Mussolini para la selección italiana, dijo, años después “Cuando volvimos para jugar el segundo tiempo había como trescientos militares con bayonetas caladas. A nosotros no nos iban a defender”. Muchos jugadores argentinos temieron por sus vidas cuando al descanso de la final del Mundial ganaban por 2 a 1 a Uruguay. “Mejor que perdamos, si no aquí, morimos todos”, llegó a decir Fernando Paternoster en el vestuario.

 

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El partido se jugó en el recién inaugurado estadio del Centenario, con capacidad para cien mil personas y al acoso sufrido por los jugadores argentinos, se le sumó la discusión acerca de la pelota con la que se jugaría el encuentro. Cómo no había un balón oficial, ambos capitanes acudieron al sorteo con la pretensión de imponer el suyo. El árbitro belga Jean Langenus arrojó al aire la moneda y el azar quiso que el primer tiempo se jugase con la pelota argentina y el segundo, con la uruguaya. Así, quedó para el recuerdo que cada equipo terminó ganando el “tiempo” que se jugó con su pelota favorita.

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La delegación argentina al llegar a Montevideo.

Había arrancado ganando la celeste a los 12 del primer tiempo con un gol de Pablo Dorado, pero a los 20 empató Carlos Peucelle y a los 37, sacó ventajas Guillermo Stábile con una sutil definición desde un ángulo muy cerrado. Con más guapeza que fútbol, la Celeste torció la historia en apenas 11 minutos. La igualdad la concretó Pedro Cea a los 12 del segundo tiempo y el 3-2 lo anotó Victoriano Iriarte a los 11 minutos después con un fortísimo disparo de larga distancia. Argentina no se rindió y Stábile paralizó Uruguay al estrellar un remate en un poste, pero en la jugada siguiente Héctor Castro sentenció el pleito con un cabezazo desde el área chica.

El Presidente de la FIFA, Jules Rimet, entregó el trofeo “Victoria de alas doradas”, una estatua de 30 centímetros de alto y cuatro kilos al capitán uruguayo, José Nazassi. Las celebraciones se prolongaron en Montevideo durante varios días y varias noches y el día después de la victoria, el 31 de julio, se decretó fiesta nacional.

 

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Se dice que no debieron jugar ni Varallo ni Monti, porque arrastraban lesiones, y que otra hubiera sido la historia si la celeste y blanca ganaba aquella final, el enfrentamiento más importante en la historia del clásico internacional más antiguo del fútbol.

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El segundo gol argentino, marcado por Guillermo Stábile.

Fue la primera fiesta mundial de fútbol, que con los años, logró mayor trascendencia y popularidad. Y la Argentina estuvo ahí, desde el comienzo de los tiempos.

 

 

“Yo ni pensaba en la pierna… “ decía Varallo en las evocaciones de aquel partido. “¡Qué pierna! Sólo quería ganar. Cómo sufría cuando los uruguayos se besaban la camiseta… Lo que habré llorado cuando terminó. Aún hoy me duele que perdiéramos aquel partido que teníamos ganado. A veces, en sueños, me creo que sí, que salimos campeones”.

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El intercambio de obsequios de los capitanes Nasazzi y Ferreira.




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