La vida de don Simón Costilla fue quizás la síntesis perfecta de lo que representa el tránsito por esta tierra para los descendientes de los pueblos originarios.

Comenzó hace más de 70 años en una de esas casas de adobe que parecen salidas de la tierra misma y que conforman los centenarios poblados que se dispersan en esa zona del Valle Calchaquí que tomó el nombre de los bravíos Quilmes.

Heredero de un legado que se remontó en el tiempo, hasta convertirse en sello de su cultura, Simón eligió fundir sus saberes con la tierra misma. La madre que desde siempre le dio a su gente alimento y abrigo, se volvió arte en sus manos.

Hoy, mientras se trazan estas simples líneas que tratan de evocarlo, el artesano que ya terminó su viaje, se apresta para volver a donde todo comenzó.

Su cuerpo volverá a fundirse con la tierra, pero ese no será el fin. Porque Simón Costilla deja una herencia que va más allá de las magníficas piezas de cerámica que parieron sus manos.

Su propio hijo, junto a otros jóvenes a los que les transmitió lo que supo hacer mejor, garantizan que aquel legado ancestral seguirá vigente, manteniendo viva su memoria y la de quienes lo precedieron.

 

Fuente Los Primeros