Por un lado, se podrían generar más de 100 mil puestos de trabajo directos en un escenario extremadamente complicado para la economía argentina, además de impulsar inversiones por unos u$s 27.000 millones en los próximos 4 a 8 años y generar u$s 20.000 millones anuales en exportaciones de carne de cerdo y sus derivados.

Desde el punto de vista económico es una oportunidad histórica en unos de los momentos más frágiles de nuestra actividad económica.

Por el otro, aumentar la producción de carne porcina en el país podría generar una mayor contaminación en el medioambiente.

La producción porcina conlleva problemas que afectan al medio ambiente debido a la degradación de los recursos de aire, suelo y agua ocasionados por los residuos que estos generan.

Los principales residuos generados son las excretas (heces y orina), agua con excretas y desperdicios de alimento.

La producción de carne de cerdo emite 668 millones de toneladas de CO2-eq cada año (metano, dióxido de carbono y óxido nitroso.

La producción de ganado es responsable del 18% de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero, un porcentaje mayor que el del transporte.

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En cuanto a la contaminación del suelo, los animales excretan entre 60 y 80% de nitrógeno (N) y fósforo (P) ingerido, en concentraciones bajas el N y P tienen gran importancia en cuanto a la fertilidad de los suelos, ya que pueden aumentar la producción de cultivos, además de que son necesarios para el crecimiento de plantas.

Sin embargo, cuando éstos sobrepasan los límites máximos permisibles, el rendimiento del suelo disminuye y puede aumentar la eutrofización de ríos y lagos.

Los principales efectos de la eutrofización en cuerpos de agua son: la proliferación de cianobacterias, aumento en la incidencia de muerte de peces, cambios en el sabor, olor y problemas de filtración en los suministros de agua potable.

La producción porcina es considerada como una de las actividades pecuarias que tiene mayor efecto en el medio ambiente debido al tipo y concentraciones de residuos (heces, orina y purín) que se generan.

Estos residuos además de contener grandes cantidades de nutrientes y material orgánico e inorgánico, tienen microorganismos que pueden ser patógenos, así como residuos de fármacos como antibióticos, hormonas o desparasitantes.

Se han detectado antibióticos en efluentes de aguas residuales, subterráneas y superficiales, lodos de aguas residuales, tierra y abono.

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Este pasivo ambiental es uno de los que más debería preocuparnos porque allí las bacterias desarrollan un mecanismo para bloquear los efectos inhibitorios o aniquiladores de los antibióticos.

Si no se toman medidas, según la ONU, las enfermedades resistentes a los medicamentos podrían causar 10 millones de muertes cada año para 2050 y daños a la economía superiores a los que estamos atravesando por el Covid-19.

La predicción de la Organización Mundial de la Salud es que, si nada cambia, el futuro se parecerá mucho al pasado, donde las personas morían por infecciones menores. Imaginemos un mundo sin penicilina, o donde ésta es muy poco eficaz.

Sobran causas para demostrar que esta inversión debe venir de la mano con una normativa local para minimizar el impacto ambiental.

Existen alternativas para tratar estos efluentes en forma limpia generando energía a partir de la Digestión Anaeróbica de la Biomasa y reutilizar la corriente líquida tratada para riego agrícola, aprovechando el contenido de Nitrógeno y Fósforo.

Por Alejandro Sturniolo, vicepresidente de la Asociación Internacional de Desalinización.

Fuente Noticias Argentina