Se pasó los pocos años que duró su vida al margen de la Ley, fue a parar varias veces a prisión, conocía todos los trucos sobre el motoarrebato y los aplicaba al detalle. Nunca, hasta que la muerte lo sorprendió cuando huía de su último atraco, fue condenado por la Justicia.

Así se resume la vida de Lucas Navarro, el joven que con apenas 22 años murió al chocar contra un ómnibus de la línea 17 mientras escapaba tras cometer el tercer arrebato en pocos minutos.

Su caso cobró notoriedad por sus antecedentes y también por la actitud de los ocasionales testigos, que se puede advertir en los videos que grabaron varios celulares minutos después del accidente, en la esquina de Chiclana y La Madrid.

Ahí se advierte que al principio, no saben que se trataba de un ladrón, pero cuando fue reconocido como tal, todos se limitaron a prsenciar la escena sin mover un dedo para ayudarlo, salvo una mujer que atinó a llamar al servicio de emergencias.

Lucas fue llevado al hospital Padilla donde agonizó algunas horas para finalmente sucumbir al fuerte traumatismo encéfalocraneano que le había provocado el choque contra la carrocería del ómnibus.

Ya por entonces se había confirmado su “profesión”. Primero lo habían delatado los tres buzos que llevaba puestos, para ir desechando después de cada asalto, y la moto en la que se movía, reportada como robada horas antes del descenlace de la historia.

Después, tracendió la larga lista de delitos por la que había tenido que ver varias veces el mundo desde atrás de unos barrotes, pero cada vez por poco tiempo, ya que nunca llegó a ser juzgado por sus múltiples delitos.

La última vez había sido liberado el 28 de diciembre, poco más de un mes antes de que su vida terminara, en una esquina, ante la indiferencia de quienes, cansados de la inseguridad, van adquiriendo el mismo tic que le achacan a los delincuentes: la indiferencia por la vida humana.

 

 

Fuente Los Primeros