Este 14 de febrero se conoció la noticia de la muerte del expresidente Carlos Saúl Menem, internado desde hace un tiempo por complicaciones en su salud. Durante su carrera política no estuvieron ajenos los escándalos sobre su vida amorosa en los dos matrimonios que tuvo.

“La presidencia no es un bien ganancial”, dijo Menem antes de echar a su mujer, Zulema Yoma, de Olivos. Una de las escenas inolvidables que regaló a la opinión pública la agitada vida privada del presidente. Para entonces (1990), lo que pasaba en Olivos, de puertas adentro, nutría a la chismología más golosa.

Promediaba un mes de junio. Zulema estaba con sus hijos, Junior y Zulemita, en la quinta presidencial, cuando se ejecutó la orden firmada por su marido. De jogging azul y zapatillas, la primera dama salía poco después hacia el departamento familiar de Recoleta. A los gritos. “¡Me lo tienen secuestrado a mi Carlitos!”, decía fuera de sí.

Un año después, Zulema se divorciaba del riojano y su hija la reemplazaba como “primera damita”. Así la bautizaron los ingleses, subyugados por su belleza oriental. Pero para ese momento, otro escándalo mayor llevaba su apellido: el Yomagate, el de las narcovalijas de su hermana, Amira Yoma, que le hacía competencia por los titulares.

Pero la vida privada de Carlos Menem fue pródiga en escándalos públicos. En la exposición de la intimidad. Una bibliografía de best sellers, más o menos indiscretos, da cuenta de esa abundancia y del interés casi morboso que suscitaba. Menem, la vida privada, de Wolga Wornat, El Harén, de Norma Morandini, Pizza con champan. Crónica de la fiesta menemista, de Silvina Walger, por citar algunos que, en conjunto, perfilan un estilo barroco que permeó su época. Se leía, se escuchaba, se consumían los idas y vueltas familiares de ese peronista de patillas que llegó al poder al grito de siganme. Daba vergüenza ajena y envidia. Y porqué no, también simpatía y gratitud, cuando el uno a uno permitió la alegría de la compra sin culpa. Se lo reelegía.

En esa vidriera, hubo comedia y hubo tragedia. Las durísimas acusaciones y teorías conspirativas en torno de la muerte de Carlos Menem Jr, en 1995, se ventilaron entre lágrimas frente a las cámaras. Zulema hacía responsable al entorno de su exmarido por el accidente. En 1999, contó que se había hecho un aborto. Por ese tiempo, empezaba la batalla legal de Carlos Nair Meza por convertirse en Carlos Nair Menem, y tomaba cuerpo público la familia paralela que había mantenido el riojano.

Más: el suicidio, en 2003, de Martha Meza, docente y política formoseña, madre de Carlos Nair. La mujer que había dedicado años de su vida a que Menem reconociera al hijo en común. Algo que sucedió tarde, cuando el muchacho atormentado se convirtió en estrella del Gran Hermano Famosos, en 2007, y él, ya como expresidente, declaró: “Es innegable, mi vivo retrato”. La dolorosa historia de Carlos Nair, de 39 años, incluye un prontuario delictivo y problemas con las drogas.

Claro que Nair no es el más chico de los hijos del expresidente. Del otro lado de la cordillera, Máximo Menem, de 16 años, pasó la cuarentena con su mamá, la ex Miss Universo pinochetista, Cecilia Bolocco. En realidad, Máximo viene encerrado desde antes, porque fue intervenido por un tumor cerebral en 2018. Así lo contó su madre en televisión.

La chilena Bolocco, amiga del poder, apareció en la vida de Menem hacia su ocaso político. Se casó con él, y con el sueño de convertirse en primera dama, en 2001. Él tenía 70 años, ella 36 y un descarado look Evita con el que, se dijo, pretendía seducir a los argentinos.

El casamiento fue en Anillaco, pero no en la casa del novio, porque Zulemita, titular de la escritura, así lo prohibió. Además, coincidió con otro escándalo político, que lo tocaba a él muy de cerca y había llevado a las detenciones de su excuñado, Emir Yoma y su amigo Antonio Erman González. Fue una celebración casi opuesta a los fastos anunciados, con las ausencias familiares notorias, sin smoking y con un polideportivo coreando el nombre del político, como para recordarle que todavía era profeta en alguna tierra. Dos años después, en Santiago, nacía Máximo. Y en 2007, llegaban los trámites de divorcio.

Como escenario principal, distraída de las desvergüenzas de corrupción y exhibicionismos de lo privado, la residencia de Olivos parece guardarle un cariño especial a Menem. Un dato que contribuye a dibujar su perfil, para quienes lo conocieron menos. En Olivos. Historia secreta de la quinta presidencial, la periodista Soledad Vallejos descubrió que el personal, los empleados de la residencia, lo adoran. “El tipo tenía un vínculo muy campechano con los trabajadores del lugar, que lo aman profundamente—contó en una nota—. Se conocía los nombres y si no los sabía, se inventaba un apodo y lo sostenía en el tiempo, como chiste. Menem tenía una picaresca popular. Cuando armaba equipos de fútbol para jugar en la cancha de la residencia, mezclaba a todos con todos, funcionarios y empleados. El electricista jugaba al lado de un ministro. Eso sí: el partido sólo terminaba cuando ganaba su equipo”.

Fuente Tiempo de San Juan