Juan Schiaretti en la mira para el día después de las legislativas

Juan Schiaretti y Alberto Fernández.

El periodista Fernándo González de Clarín, realizó un detalle exhaustivo sobre la política de Schiaretti y la relación con Alberto Fernández en un momento tenso de la política nacional.

 

A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

Fuente: Fernando Gonzalez para Clarin.com


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Juan Schiaretti

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Córdoba

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A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

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Córdoba

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A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

Fuente: Fernando Gonzalez para Clarin.com


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Juan Schiaretti

Alberto Fernández

Córdoba

Juan Schiaretti y Alberto Fernández.

El periodista Fernándo González de Clarín, realizó un detalle exhaustivo sobre la política de Schiaretti y la relación con Alberto Fernández en un momento tenso de la política nacional.

 

A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

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Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

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Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

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Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

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Juan Schiaretti

Alberto Fernández

Córdoba

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A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

Fuente: Fernando Gonzalez para Clarin.com


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Juan Schiaretti

Alberto Fernández

Córdoba

Juan Schiaretti y Alberto Fernández.

El periodista Fernándo González de Clarín, realizó un detalle exhaustivo sobre la política de Schiaretti y la relación con Alberto Fernández en un momento tenso de la política nacional.

 

A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

Fuente: Fernando Gonzalez para Clarin.com


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A los despropósitos también se les puede responder con elegancia. Es lo que hizo la economista Diana Mondino, egresada de la Universidad de Córdoba y comentarista picante en redes sociales de la decadencia acelerada que administran Alberto Fernández y Martín Guzmán. La cordobesa posteó una foto de un pasaporte en Twitter con la tapa azul y el nombre de su provincia. “Haciendo Migraciones en Aeroparque para volver a Córdoba”, escribió con ironía. Un par de horas después, el tuit superaba las diez mil reproducciones.

 

Era apenas una de las cientos de respuestas que recibió el Presidente, después de cometer su enésima equivocación de campaña. Criticó a los cordobeses desde un acto en el CCK de Buenos Aires. Insólitamente, llamó a Córdoba “tierra hostil” y les pidió a sus habitantes “integrarse al país y ser parte de Argentina”. Después, desde la Casa Rosada salieron a explicar que las huestes del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, le habían editado maliciosamente el video del acto. Alejandro Dolina le habría dicho a Alberto que ya era “tarde para lágrimas”.

 

No es nada casual la mención del Gobierno a Schiaretti. “El Gringo”, como lo llaman desde hace décadas al gobernador de Córdoba, se convirtió en la última bestia negra del albertismo residual que resiste en algunos ministerios. Si los sondeos que anticipan la mayoría de las encuestas se confirman y el Frente de Todos recibe un cachetazo electoral el 14 de noviembre, el Presidente quedará tan debilitado que el peronismo navega ya en busca de un dirigente que les ayude a transitar los dos larguísimos años hasta el 2023.

 

Siempre la primera opción de salvataje ha sido Sergio Massa, pero con la suba de la imagen negativa del Jefe de la Cámara de Diputados ese camino se volvió un poco más complicado. Antes que otros, fue Cristina la que advirtió la necesidad de ubicar en primer plano a un peronista menos desgastado. Y sugirió, en su estilo brutal, que el tucumano Juan Manzur fuera ungido Jefe de Gabinete para construir una alternativa al desastre. Y allí está el gobernador intentando salir indemne de la tormenta que cada día tiene un trueno nuevo para perderse en el rumbo del naufragio.

 

Desde hace un par de semanas, el universo caótico del peronismo ha comenzado a repetir el nombre de Schiaretti. A diferencia de los juegos de probabilidades en los que Massa o Manzur podían proyectarse como eventuales super ministros que compensaran las carencias de Fernández, el cordobés es un dirigente que siempre intentó mantenerse alejado de las aguas del kirchnerismo. Y que solo podría aspirar a un espacio de relevancia nacional en un proceso de recambio en el poder mediante una asamblea legislativa. Queda claro que la Jabonería de Vieytes ya pasó los dos siglos largos en estas tierras, pero no pierde vigencia.

 

Las señales pusieron en alerta a los espíritus más sensibles. Poco amigo de las entrevistas, Schiaretti concedió dos en los últimos días: una al diario La Voz del Interior y otra a la popular Cadena 3 cordobesa. Y luego vinieron los tuits del Gobernador, que hablaban de “una alternativa federal en serio”, reivindicando “las garantías del pensamiento del interior”.

 

A esa andanada hay que sumarle la respuesta a las frases polémicas del Presidente de los diputados de “Hacemos Córdoba”, cuarteto en el que se destaca la esposa del Gobernador, Alejandra Vigo. “Confirma la mirada unitaria que tiene (Alberto) de la Argentina; lo que pase fuera del AMBA no es el país”, le dijeron, para reducirlo a la geografía K del conurbano. Impotentes, los albertistas sufren porque ya nadie los diferencia del kirchnerismo. Y auguran para Schiaretti una derrota inapelable de sus candidatos en el territorio cordobés.

 

El nombre de Schiaretti circula además en las fantasías que Juntos por el Cambio debate anticipadamente para el día después de las elecciones del domingo. Allí se habla, cada vez con menos discreción, de la necesidad de contar con un peronista emergente que pueda timonear el barco a la deriva hasta el puerto del 2023. “El Gringo tiene 72 años, mucha experiencia de gestión y podría contar con el apoyo del peronismo y el respaldo nuestro para llegar a las próximas presidenciales”, concede un opositor temeroso del futuro.

 

Claro que cualquiera de estos experimentos institucionales debería contar, inexorablemente, con el acuerdo de Cristina. La Vicepresidenta es la segunda en la cadena de sucesión de mandos y la que continúa administrando la mayor cuota de poder dentro del peronismo. Ninguno de sus dirigentes la ha enfrentado el tiempo suficiente para desplazarla del centro de las decisiones. Y ningún gobierno de emergencia nacional es posible si ella no renuncia y respalda un acuerdo, como lo hizo Raúl Alfonsín en el 2002 para consolidar la presidencia parlamentaria de Eduardo Duhalde.

 

Tal vez, el resultado electoral del domingo pueda alumbrar una ecuación novedosa en el poder, si el castigo de la sociedad es demasiado contundente contra el Gobierno. Tal vez, nada de eso suceda y todo siga igual.

 

Pero las imágenes del lunes por la noche en Ramos Mejía, donde se enfrentaron ciudadanos y policías por las secuelas del asesinato de un quiosquero, muestran que demasiados argentinos están hartos de la sucesión de robos, ataques violentos y crímenes que acompañan al demonio indomable de la inseguridad.

 

La expectativa de las mayorías es que los funcionarios resuelvan al menos las cuestiones más sencillas. Las de la seguridad, las de la salud y las del bolsillo. Ninguna asamblea legislativa podrá resolver lo que no se resuelve cada día a la vuelta de la esquina. El huevo de la serpiente lleva demasiado tiempo incubándose. Y la dirigencia política sigue sin advertir lo que todo el país sabe desde hace demasiado tiempo.

 

Fuente: Fernando Gonzalez para Clarin.com


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