Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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León Gieco
Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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León Gieco
Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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León Gieco
Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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León Gieco
Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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León Gieco
Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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León Gieco
Músico

Cantante

Un recorrido por las siete décadas de vida de León Gieco, un ícono cultural argentino. Foto: NA.

A los 10 años, Raúl llevaba tres tocando su guitarra Calandria, pero el futuro tardaba enormidades en llegar. A esa edad, ya había tenido dos vidas. Una en el campo, que duró cinco años y fue como un sueño. Otra en el pueblo, que lo hizo madurar rápido, acaso demasiado rápido. La del campo le inundó el alma de colores, olores y palabras que aún le pueblan el alma. La del pueblo terminó con él viviendo en Buenos Aires. 

 

Raúl Alberto Gieco, que ahora para todos se llama León, no se olvidará mientras viva de la cantidad de sonidos y sensaciones que caben en un silencio de 10 kilómetros. Diez kilómetros era la distancia entre la casa de sus padres, en el campo, y la casa de sus abuelos. Mamá y el pequeño salían de una rumbo a otra sin apuro, porque en la Pampa Gringa de Santa Fe no había apuros, y se pasaban el viaje completo en sulky sin hablar, porque así eran las cosas por entonces. No había mala onda en ese silencio, sino una comunicación que no necesitaba de palabras. No siempre hablar significa estar comunicado.

 

A los 7, ya trabajaba, y las peleas entre su padre y su madre envenenaban sus noches. El dinero escaseaba en lo de los Gieco, y no era para eso que se habían mudado. Pero el padre no podía parar de jugar por plata en el boliche, ni de tomar, para consolarse por la plata que perdía. Fue porque se cargó ya desde entonces de una responsabilidad que lo superaba que Raulito decidió que debía ganar su propio dinero. Lo hizo como repartidor y tomador de pedidos de la carnicería del pueblo, de 7 a 10, y como chico de los mandados de Matilde Racciatti, que había decidido enclaustrarse después de la muerte de su marido, como todavía se estilaba. Fue entonces que se compró la guitarra Calandria, y aún no sabe bien por qué. La pagó en cuotas, después de convencer a uno de los responsables del negocio, en que vendían de todo, de que sus dos trabajos le daban solvencia económica. La llevó a su casa envuelta en papel madera, y su padre se sorprendió. Por entonces descubrió la magia de los trenes.

 

“El Cinta de Plata, que venía del norte, paraba en mi pueblo todos los jueves, para reabastecer la máquina seguramente. A mí, primero se me dio por la melancolía de imaginarme adónde iba toda esa gente. Pero después descubrí que en esa parada como de media hora la gente se aburría, y monté un kiosquito. Vendía empanadas que hacía mi vieja, Bidú Cola y revistas, que me daban en concesión. Me iba bárbaro”. La magia de los trenes trajo la irrupción de los crotos, que lo fascinaron.

 

León no recuerda su cumpleaños de 10, en 1961, cuando todavía era Raúl, Raulito o Luli. “En mi casa no me festejaron nunca un cumpleaños, supongo que porque entonces no se estilaba. Salvo una vez, no sé cuál fue, que vinieron todos los amigos, y me peleé mal con mi mamá.” Recién en Buenos Aires empezó a celebrar los 20 de noviembre, y no siempre con convicción. Muchas veces, sin decirle nada a nadie, pasó el día en una casa de baños sauna de las que era habitué, por ejemplo. El 31 de diciembre del 2000, cuando todo el mundo buscaba un modo simbólico de festejar, se fue a la Plaza de Mayo, con su familia, y brindó con las Madres, sintiéndose puro y sano por dentro.

 

A los 20 años, Raúl ya se llamaba para todo el mundo León, y vivía en Buenos Aires. Había llegado en marzo del ‘69, en tren, con su amigo Horacio Fumero, y la ciudad lo había golpeado en la frente. Eran los tiempos finales del gobierno de Onganía, que se había propuesto ser presidente por 20 años y terminó sus días de falsa gloria con el Cordobazo y sus coletazos. Desde los 12, cuando terminó el primario, que estaba decidido a irse del pueblo chico, infierno grande. Su padre lo había convencido de que era demasiado joven para la aventura, y de que le convenía prepararse: completar el secundario, estudiar inglés, aprender a escribir a máquina.

 

El vicio de sacar canciones de Jorge Cafrune o el Chango Rodríguez en la guitarra se había convertido en una afición importante para aquel pibe que cada mes de marzo esperaba el número especial de la revista Folklore, con toda la cobertura de Cosquín. En Cañada, había abandonado su primer grupo, Los Nocheros, para incorporarse a Los Moscos, una evolución del inicial nombre de Los Eufóricos. Raúl se había convertido en cantante, como su viejo, pero en serio, y se había ganado el apodo de León. El viejo estaba contento: si hubiese podido elegir un destino hubiese sido el de cantor, en la línea de Alberto Castillo. De hecho despuntaba el vicio en las fiestas del pueblo, en las que solía terminar como una cuba.

 

El apodo llegó a los 13. Fue una vez que armó mal, por no preguntar, la conexión de su equipo nuevo y al enchufarlo hubo un corto circuito tan grande que el pueblo entero se quedó sin luz. Raúl, que por ser el más joven del grupo era el más verdugueado, el candidato obligado a las manteadas, fue bautizado León a bordo de una estanciera. El bajista de Los Moscos le recordó, al anunciarle que de ahí en adelante tendría una nueva identidad, que homenajeaba al rey de los animales. El rey de las bestias, dijo en realidad aquel muchachón.

 

Recién rebautizado León, Raúl Gieco celebró por dentro que la reprimenda de sus compañeros por aquella metida de pata no fuese una broma pesada, de aquellas que a veces habían llegado a atormentarlo. “Por lo menos –pensaba mientras volvía a su casa de madrugada– esta vez no me echaron alcohol en los huevos.” Los Moscos llegó a ser un grupo importante de la zona y hasta tocaron en televisión en Rosario. A los 14, becado por el Rotary Club fue a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a dar unas charlas sobre la Argentina, que completaba tocando zambas. Eso recordaba los días del verano del ‘69 en que decidió largarse del pueblo, mientras daba vueltas en bicicleta por esas calles polvorientas. “Si pude irme a Bolivia a los 14, ¡cómo no voy a probar con Buenos Aires a los 18, después del secundario!”, se alentaba.

 

Buenos Aires fue su universidad, pero ¡cómo costaba rendir cada materia! Por consejo de su padre, bien lo cuenta en “Ídolo de los quebrados”, León se instaló en el centro, cerca de “donde trabajan los presidentes”, la Casa Rosada. Primero en Defensa y Moreno, en una pensión, luego en un departamento de un ambiente, en Sarmiento y Uriburu. Un contacto del pueblo le permitió conseguir trabajo en Transradio y luego en ENTel, la compañía de teléfonos, por entonces estatal. Y, como por arte de magia, o no, empezó a componer canciones. Hasta llegar a Buenos Aires, aquel joven que buscaba su lugar en el mundo sólo había cantado temas ajenos. En el lugar donde Dios atendía cuando era argentino compondría en los siguientes cinco años varias docenas que lo harían famoso.

 

Antes de grabar su primer disco, León trabajó de periodista, o crítico musical, en la revista Pelo y recibió una oferta para grabar temas de los Bee Gees en castellano, con arreglos de Horacio Malvicino. En la revista escribió críticas de discos de Eduardo Mateo, Neil Young, de “Desatormentándonos” de Pescado Rabioso y del primero del grupo Alma y Vida. El director de la revista, Daniel Ripoll, le dijo que no le convenía la propuesta de grabar temas traducidos y lo indujo a buscar en nombres consagrados como los de Litto Nebbia y Gustavo Santaolalla un apoyo para llegar a grabar los suyos en buenas condiciones. Además le ofreció incluirlo en un concierto, que luego se editaría en long-play, llamado “El Acusticazo”. León los admiraba a ambos, profundamente.

 

Llegó hasta el estudio de Venezuela al 1400, donde ensayaba la banda, con la dirección anotada en un papelito. Cuando Litto Nebbia se enteró de que había comenzado a grabar con Santaolalla, una noche en que cenaban en un restaurante, se indignó: le arrojó a León en la cara la cerveza que tomaba. “A mí incluso eso me hizo bien: me tiró la cerveza en la cara, pensaba, porque le importo”, se ríe Gieco. Los profetas a veces se enojan con sus discípulos. La versión de “Hombres de hierro” que figura en “El Acusticazo” fue la primera grabación publicada del santafesino.

 

El registro vivo dejó grabada una mentira: no había estado en Mendoza durante los días del Mendozazo, pero lo dijo ante la multitud para darse importancia. Sí era cierto, empero, que el tema estaba inspirado en la brutal represión contra la gente que reclamaba por una suma desmedida en las tarifas eléctricas. “Si hubiesen matado a un pariente tuyo, no te hubieses reído así”, reprochó León a un muchacho del público en el concierto al aire libre que se convertiría en disco. El día que, viajando en taxi, escuchó que pasaban un tema suyo por la radio, a fines de 1972, León dejó el trabajo en ENTel, y en adelante sólo fue músico.

 

Antes de eso tuvo el honor personal de transmitir un mensaje telegráfico de Pedro J. Cámpora a Perón. En las elecciones del ‘73, votó por la fórmula de todos y cantó entre la multitud que se venía una patria socialista. Un poco después se encontró con Alicia, la ex novia de su amigo Fumero. Tuvieron un flash de amor. León, que tenía problemas para renovar el alquiler de su departamento, porque ya no trabajaba y no podía presentarle al dueño un recibo de sueldo, pensó que era una relación conveniente. “Alicia tiene un departamento. Me voy a vivir con ella y eso me da tiempo para buscar tranquilo uno para mí, de más de un ambiente”. Han pasado casi 50 años, desde entonces, y Alicia sigue siendo su mujer.

 

En los años que siguieron hasta 1976, ese tormentoso período que fue desde el retorno de Perón y el triunfo de Cámpora hasta el país de Isabel- El Brujo-la Triple A y luego los genocidas de uniforme, León fundó las bases de una carrera impresionante dentro de la historia de la música popular en la Argentina: compuso temas que hoy son himnos, tendió puentes entre sectores que se ignoraban y despreciaban, leyó correctamente la importancia de músicos que por entonces un sector del “ambiente” despreciaba, como Charly García, tomó sobre sí la responsabilidad de hablar por los que muchas veces permanecen callados.

 

Si al principio había imitado con descaro a Bob Dylan –“Hombres de hierro” está más que inspirado en “Blowin’ in the Wind”– su actitud de apostar siempre al aprendizaje lo fue llevando en un viaje sin retorno hacia el corazón de la música argentina, de toda la música argentina. Siempre pensó por entonces que sus canciones de tres tonos eran rústicas al lado de las de Charly. Coincidieron en el proyecto PorSuiGieco, apenas cuatro conciertos y un disco de estudio, cuando en el país se venía la noche y la censura deformaba y cambiaba las letras y los ánimos.

 

Poco antes de eso, en setiembre del ‘75, después del Adiós Sui Generis, Charly-María Rosa y León-Alicia cenaron como perfectos desconocidos en una parrilla de Corrientes y Callao. “Charly podía comportarse como una estrella con público, pero no tenía problemas con salir a pegar carteles de los shows”, recuerda. Eso, claro, hasta el 24 de marzo. Desde entonces, caminar por la calle después de las 10 fue peligroso, y luego de las 12, prohibido. En los siguientes tres años, desaparecerían en la Argentina 30 mil personas.

 

A los 30 años, en 1981 León acababa de volver al país, después de su exilio, dos largas temporadas que vieron a los Gieco dar vueltas por Perú, Venezuela, Costa Rica, México, Estados Unidos, Italia, España, Alemania. “Sólo le pido a Dios”, que había estado prohibida, se había convertido de a poco en popular y eso le permitió al autor una serie de actuaciones clandestinas, por aquí y por allá, en un país con el miedo adherido a las pieles. El tema, que para León no era del todo interesante al principio, había sido incluido en “4to Lp”, título vergonzante y perezoso si los hay, con un aporte que todavía impresiona de Dino Saluzzi en bandondeón, grabado de apuro, en primera toma.

 

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca fue en 1981 y 1982, un modo de tocar por todas partes sin pasar demasiado por la Capital Federal y los otros grandes centros urbanos, los lugares de mayor represión. Léon había tenido graves problemas antes de irse en 1977: el Comfer había censurado diez de los doce temas del disco “El fantasma de Canterville”, tres veces había estado preso (una en Capital Federal, otra en Córdoba y otra en Comodoro Rivadavia), dos amigos suyos, Fredie y Cristina, que militaban en la izquierda, estaban desaparecidos. La detención más grave fue, empero, antes del golpe, luego del atentado en que Montoneros voló la lancha en que se aprestaba a navegar por El Tigre el jefe de la Policía Federal, el comisario Villar.

 

La gira De Ushuaia a La Quiaca (250 conciertos en 22 provincias, a lo largo de 115.000 kilómetros) terminó el mismo año que la dictadura se derrumbaba, luego de la Guerra de Malvinas. “Sólo le pido a Dios” se convirtió en el tema más pasado por radio de la historia del rock nacional hasta entonces y con sus derechos de autor León compró lo que sería su primera casa en serio, en el barrio de Caballito. Podría pensarse que a partir de ahí se estableció, pero eso es una imagen: también para él los 80 fueron veloces y tóxicos, también para él sobrevendrían las crisis personales, estéticas y éticas, y componer se le fue haciendo un trabajo más y más lento. León se las arreglaba para llevar adelante una carrera de músico y a la vez una familia, y a veces las canciones quedaban relegadas.

 

Sin embargo, una nueva generación de público empezaba a asomar entre sus legiones de fans de los 70, y Gieco comenzaba a ser, en serio, un artista masivo. La valentía de haber tocado en 1980 “La cultura es la sonrisa”, inspirada en una idea del sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal durante un acto contra el cierre de la Universidad de Luján lo llevó otra vez a visitar sin querer un cuartel, para escuchar los sambenitos del oficial de turno, pero ya las cartas estaban echadas: su popularidad estaba convirtiéndolo en un intocable. León grabó la canción con una estrofa menos, que de a poco dejó de cantar. Esa estrofa dice: “Solo llora en un país donde no la pueden elegir/ solo llora su tristeza si su ministro cierra una escuela/ llora por lo que pagan con el destierro/ o mueren por ella/ Ay ay ay que se va la vida/ más la cultura se queda aquí”.

 

Durante los cinco años posteriores, León hizo giras por Europa, tratado como una estrella, interpretando folklore argentino, sacando de adentro otra vez aquellas canciones que Los Moscos tocaban por el interior profundo de Santa Fe antes de que en 1967 explotase el rock nacional, a partir de los 200 mil discos vendidos de “La balsa”. Gieco reecontrándose con el Gieco que vivía dentro del Gieco, en la década en que parecía obligación ser pop y bailable y los idiotas acusaban de psicobolches a aquellos que querían algo más que bailar sobre los escombros.

 

En el disco de estudios del tríptico, León grabó “Príncipe azul”, del genial uruguayo Eduardo Mateo. Cuando se presentó en Montevideo, un Mateo en estado deplorable le mangó entradas que luego vendió para comprar vino y choripán. Nunca le había perdonado la crítica del disco en Pelo, en 1970. En ese disco, incluyó “Esos ojos negros”, dedicado a un Jorge Rafael Videla, que el texto no nombra. “Qué lástima que la gente no es tan sabia, de mirar sólo a los ojos para la verdad saber, y quitar respaldo popular, si otra cosa no se puede hacer”. ¿Miraron alguna vez los ojos de Videla? Miren los de León.

 

A partir del momento en que Sting invitó a las Madres de Plaza de Mayo a subir a su escenario, en 1987, León hizo del tributo a las viejas luchadoras una constante en sus shows y en su obra. Amnesty Argentina lo eligió, junto a Charly, para participar del capítulo local de la gira internacional por los derechos humanos de 1988 como un reconocimiento a la obra ya realizada, pero eso, a su vez, pareció marcar un antes y un después. Sí, el hijo del hombre que tenía la concesión del bar Juventud Unida de Cañada Rosquín y de esa señora sacrificada afectada por el síndrome del batón cantó en el estadio de River Plate repleto junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Sting.

 

 

A los 40 años, cuando comenzaba la década que lo convertiría en ídolo de medio mundo musical, en ganador del Premio Gardel a la trayectoria, en el referente de docenas de músicos famosos del rock, León Gieco comenzaba de vuelta: banda nueva, fin de la etapa de los 80 centrada en el folklore, búsqueda de nuevos estímulos, nuevo sello luego de Semillas del corazón, búsqueda de las condiciones de producción de que había carecido en toda su vida artística, ahora que por fin llegaba a EMI, cuya casa central no estaba en Flores. En sus discos de los 90 logró grabar en Estados Unidos con los músicos con que había soñado escuchando los discos de James Taylor, de Bob Dylan, de Crosby, Still, Nash & Young.

 

Con los 40, decidió también, los años no vienen solos, parar con ciertos consumos, que enumera así: “Pastillas, alcohol, esas cosas. Me limpié bastante”. Junto con eso, en un proceso lógico, de decantación, su público se amplió de modo radical. A los seguidores de los 70 y los tempranos 80 empezó a sumarse una nueva generación, liderada por músicos de todas las extracciones, y de todos los palos, que escuchaban sus primeros discos en la casa de sus padres. León explica su nuevo status acudiendo a la idea del “Efecto Bagnatto”, patentado por Alicia.

 

Para León el “Efecto Bagnatto” es que para centenares de miles de argentinos él es una referencia casi familiar, a fuerza de costumbre, pero de algún modo inaccesible. El país, entonces, está lleno de gente que al verlo se da cuenta de que estaba buscándolo y que al verlo hace catarsis. Eso no le hace tan bien como parecería, al multiplicarse. “Pánico”, le dijeron los médicos hace unos años, cuando sintió que todo en su derredor parecía tambalear. Uno de los consejos que recibió fue que no haya tanto afuera en su adentro. ¿Pero cómo dejar de ser León, después de media vida de serlo?

 

León sigue siendo para los más jóvenes lo que para él fueron el Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino o Gerónima Sequeira, figuras consulares a las que vale la pena encomendarse, para que la leche siga siendo buena, el sol continúe saliendo y no haya acoples en los escenarios. Acaso el proceso de coronación como el ídolo de los músicos que tienen ideas además de canciones ocurrió durante los recitales en el estadio de Ferro Carril Oeste con que Madres de Plaza de Mayo festejó, en 1997, sus primeros veinte años. En esas dos jornadas, León tocó casi con todos, de Todos tus Muertos a Attaque 77, de Divididos a Las Pelotas, de Bersuit y Los Piojos a La Renga y ANIMAL. León ya no era sólo el rey de los animales, sino también el rey del rock comprometido, el rock con los pies en la tierra.

 

Acaso el reconocimiento unánime sea producto de su coherencia, de la tozudez con que se ha mantenido fiel a un puñado de ideas básicas, que otros extraviaron, a su solidaridad nata, nunca declamada. De una ética. León escucha con atención y replica. “Sí, claro… pero ojo que además están las canciones. La canción es muy importante. Uno es lo que hace, y lo que hoy hago son canciones en el marco de un compromiso social. Si mis canciones no le importasen y gustasen a la gente, yo no existiría”. Habla de una estética, además de una ética. “No me veas como un Dios, soy sólo un bolso que hace shows”, escribió en “Idolo de los quebrados”. Elige después a aquellas canciones suyas que él mismo se llevaría a una isla desierta: “Hombres de hierro”, “El país de la libertad”, “Sólo le pido a Dios”, “Canción para Carito”, “Orozco”, “Los Salieris de Charly” y “Bandidos rurales”. Son casi las mismas que elegiría cualquiera de sus fans.

 

A los 50 años, León pensaba que cuando cumpliese 60 en 2011 sería abuelo de una chica de 16 años. “Me veo cantando todavía, con un montón de proyectos, haciendo como ahora un disco cada cuatro años”, decía a modo de deseo. “Lo único que pido es seguir viviendo, no tener ninguna enfermedad. Puedo perder todo lo que tengo y no me importaría un bledo porque a mí con la vida me alcanza. Lo único que agradezco, en este país en que asesinaron a tanta gente, y siguen asesinando, es estar vivo. Tuve suerte: mi carrera fue de inconsciente. Y lo que tengo en lo material, una buena casa, un estudio, posibilidades de viajar, fue el resultado de haber proyectado esa inconciencia hacia adelante. Siento que tuve suerte, que no planifiqué nada y las cosas salieron bien. Me gustaría estar establecido económicamente como para no cobrar ya jamás entradas en mis recitales. Eso me encantaría: cantar sólo para la gente que me necesita, tocar gratis. Me encantaría poder dejar de trabajar para mantener a mi familia, y dedicarme sólo a salir a la ruta, yendo hacia la gente que no tiene nada. Pero eso es muy difícil en este país.” León, como tantos, dice “este país”, y no “la Argentina”.

 

Entre los 60 y los 70 años, publicó un solo disco a la vieja usanza, “El desembarco”, en 2011, con un primer tema de homenaje a su mamá, recién partida de este mundo, pero nunca dejó de generar canciones testimoniales o de decir presente allí donde se lo necesitara, aunque la era del Covid lo tuviese más guardado que nunca. El público que lo espera sabe que tiene dos temazos nuevos ya lanzados on line: “Alimentación.com”, en apoyo a la aprobada ley de etiquetado frontal, pero con un fuerte tono de denuncia sobre la industria de la alimentación y “Todo se quema”, una reflexión sobre de que forma la pandemia del coronavirus no sólo no mejoró a la humanidad, como pensaban que podía suceder algunos pensadores, sino que agravó las diferencias entre los que tienen recursos y los que carecen de ellos.

 

Los dos temas son anticipo de una sorpresa para sus seguidores: tiene en vías de terminación un nuevo disco, que se llamará “Mis heridas curé”, una idea que remite de inmediato a la colaboración entre sus cófrades García-Spinetta en “Rezo por vos” (“Y curé mis heridas/y me encendí de amor/ y quemé las cortinas/ y me encendí de amor, de amor sagrado”). El trabajo es uno de los resultados de los largos meses de confinamiento: los temas están todos grabados a distancia, on line, en algunos casos con prestigiosos interpretes estadounidenses, entre ellos el baterista Vinnie Colaiuta, el guitarrista Michael Thompson y el bajista Leland Sklar, que han tocado con Sting, Elton John, James Taylor y Phil Collins, entre otros grandes solistas anglosajones. “No se parece en nada a ningún disco mío”, dijo cuando presentó el imaginativo clip que acompaña a “Todo se quema”. “Tiene un ‘sonido pandémico’, que para mí es como decir todo sin contacto y a la distancia”. El gran León ha estado en reposo, está claro, pero sus canciones sociales siguen rugiendo.

 

 


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