Democracia y derechos humanos: la política del deseo

Vuelta del país a la Democracia en 1983

Que haya un día mundial para celebrar los derechos humanos dice mucho. Entre otras cosas señala que es necesario recordarlos, tenerlos presente, conmemorarlos, por si acaso, para no olvidarnos. 

 

Los 12 de la Santa Cruz y una complementariedad “tramposa”.

 

En 1977, en la desaparición forzada del grupo conocido como “Los 12 de la Santa Cruz” por parte del estado terrorista encarnado por la última dictadura militar hay un punto que me interesa destacar. Me refiero a la confianza caracterizada incluso como “ingenua” por Nora Cortiñas, que es espiada, infiltrada y traicionada por el agente asesino que se presenta disimulado bajo el semblante de un “ángel”, rubio para más datos. Ese punto en particular al que me refiero designa la guardia baja por parte de unas madres heridas, golpeadas, torturadas como sus hijas/os, pero sobre todo en pie de lucha, de reclamar verdad y justicia. Ese punto de encuentro desafortunado entre “un hombre joven que tendría la edad de nuestros hijos”, según la declaración de Norita ante el tribunal por el juicio a la ESMA en 2010, y las ganas de encontrar y cuidar a los propios, allí, en esa vulnerabilidad expuesta como una fractura ansiosa de solazarse con el hallazgo anhelado; en el clamor pesaroso de la ausencia incurable, allí dio el zarpazo la bestia.

 

En aquella oportunidad, la bestia se cargó 12 de los buenos, de los mejores, quienes reclamaban justicia y se juntaban para pensar mejor cómo hacerle frente a tanto dolor, avasallamiento, locura y muerte.

 

El punto que hoy resalto está dado por el cruce de un reclamo férreo y desesperado de verdad y justicia y el modus operandi del estado terrorista que encomienda a uno de sus arietes el trabajo sucio: engaño, seducción y muerte. En ese infortunio de una complementariedad tramposa concurren también otros elementos sensibles: la inteligencia interna, el dolor de las madres y la perversión estatal.

 

El estado de excepción o el gato maula

 

Nada peor que un estado de excepción, aquel que funda su existencia en un tipo de organización respecto de la cual se sitúa por fuera, al margen, para -desde allí- jugar al gato maula con el mísero ratón o, dicho de otra manera, aprovecharse de los ciudadanos degradados ahora al estatuto de rehenes, prisioneros, potenciales desaparecidos.

 

Considero que aun en las pequeñas cosas, en nuestras vidas modestas de cada día, de mujeres y hombres de a pie, es posible detectar la operatoria despiadada, cruel, disociada, en fin, asesina, de la excepcionalidad devenida “vale todo” y sus argumentos justificativos: algo habrá hecho, por algo será, mejor quedarse en el molde (sucedáneo maloliente de “el silencio es salud”), etc. “Los argentinos somos derechos y humanos” rezaba mentiroso un opresivo slogan de la dictadura asesina. Ese es el mecanismo que me interesa señalar: la declamación proferida desde el seno de la perpetración misma del horror, en flagrancia, leída como signo de una operación en marcha. Entonces se trataba de una “operación genocidio”, parafraseando el título de Rodolfo Walsh. Me interesa pensar cómo continúa hoy esa dinámica y cuáles son sus marcas.

 

Considero que las cosas no están dadas ni suceden porque sí ni son “procesos”. Ese término ha encubierto responsabilidades, representa la coartada de ocultarse tras una fórmula impersonal. Las cosas no ocurren solas debido a un proceso inexorable, como el digestivo o el de Kafka. Más bien suceden porque hay personas que adoptan tal o cual posición, esta o aquella actitud, se relacionan con la ética de modos diversos.

 

Los fundamentos de un supuesto “proceso” no están dados por patotas de matones, brazos armados o intereses económicos, por mencionar algunos de los componentes de la última dictadura. Entiendo que la operatoria de un sistema pervertido, viciado en terrorismo de estado, infunde pavor en los cuerpos y eso determina una serie de actitudes defensivas que hace que, entre otras cosas, las determinaciones del poder se vectoricen capilarmente a través de cada particular, de cada individuo, de cada familia, de cada organización.

 

Hay ciertas condiciones estructurales. Por un lado, se proclama una norma que es transgredida por quien se supone debe garantizarla; eso en cuanto al estado. Se sospecha del y se vigila al otro (al vecino, al prójimo) destruyendo los lazos de compañerismo en función de un primum vivere despiadado basado en la delación premiada o al menos en el exilio en cualquiera de sus variantes. Bien podría tratarse de radicarse en otro país, posibilidad solo accesible para algunos por razones diversas; o bien, un “exilio interno”. Entiendo que esta última forma, que supongo mayoritaria entre los sobrevivientes, no se refiere solamente a volverse invisible e inaudible en lo que atañe a la política y quedarse en el país, sino que tiene una acepción más severa para quienes la han padecido: exilarse adentro, aislarse en el propio ser -por eso mismo ya impropio- refugiarse en el ostracismo, un solipsismo obligado correlativo de una tontería anestésica prescripta también por el contexto. Todo esto significa que el mentado exilio interior reúne las características opresivas de la angustia crónica.

 

Recapitulando, el estado de excepción, la sospecha generalizada y la cancelación de toda versión que no esté alineada con la hegemónica arrojan como resultado una dinámica de pensamiento único. Si esto se radicaliza y se distribuyen el bien y el mal como atributos de determinados grupos segregados por el discurso imperante, el resultado es una dictadura nefasta comparable con los peores absolutismos surgidos en el viejo mundo el siglo pasado.

 

La pluralidad de voces, el deseo y el oscurantismo que siempre acecha.

 

La pluralidad de voces, la convivencia democrática, el poder emanado de un estado de derecho se opone de lleno a todo tipo de operación de persecución de grupos o individuos sojuzgados por las instancias de poder.

 

En el psicoanálisis nos orientamos por la política del deseo. Dicho de un modo sencillo, podemos entenderla como la propuesta de elegir el riesgo de lanzarnos a lo que queremos contra la tentación de la comodidad que no nos interesa. A ese deseo, en un análisis, se llega por medio de palabras que hacen lugar a distintas voces que delinean las condiciones de advenimiento del sujeto e incluso a él mismo. No se puede acceder al deseo sin la política porque él mismo surge de la polis, del encuentro con las otras y los otros, de la deliberación siempre polifónica.

 

Quienes fuimos jóvenes en la primavera democrática de 1983 y luego llenamos la Plaza en el ‘87 para sostener entre todas/os la democracia naciente amenazada nuevamente por el alzamiento carapintada -recuerdo al pueblo autoconvocado- podemos dar testimonio de que el espíritu democrático, los jóvenes caminando y besándose libremente en las calles y las plazas, los espectáculos populares al aire libre, en resumen: un deseo civil, compartido y hospitalario para pensar un futuro mejor adviene de la mano de la política.

 

El deseo es la política o viceversa. Lo opuesto es la dinámica opresiva que pretende instalar un pensamiento único donde quienes no comulguen con las imposiciones de Dios-Mercado o sean expulsados por éste de la vida, se caigan del mapa bajo la figura de “excluidos estructurales”, con argumentos falaces, en primer lugar la cantinela de la “meritocracia” (eufemismo por “pelito pa’la vieja” espetado por quienes nacieron en situación de privilegio).

 

La dinámica del absolutismo no admite la pluralidad de voces. Ese rechazo del deseo del Otro hoy se sirve en la bandeja del repudio a la política. Se habla, se dice, se desea, eso es política y se hace porque las condiciones están dadas. Si no las hubiéramos defendido entre todos, en el ’87 podríamos haber retrocedido al oscurantismo que siempre acecha.

 

Por eso, como decía al principio, cada vez que la efeméride me recuerda que llega el Día de los Derechos Humanos no puedo más que estremecerme, ya que inevitablemente pienso que si hay que celebrarlos significa que todavía es necesario recordarlos, rescatarlos, defenderlos y exigir su cumplimiento.

*Por Martín Alomo

Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Especialista en Metodología de la Investigación. Profesor de y Licenciado en Psicología (UBA). Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013).


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Los 12 de la Santa Cruz y una complementariedad “tramposa”.

 

En 1977, en la desaparición forzada del grupo conocido como “Los 12 de la Santa Cruz” por parte del estado terrorista encarnado por la última dictadura militar hay un punto que me interesa destacar. Me refiero a la confianza caracterizada incluso como “ingenua” por Nora Cortiñas, que es espiada, infiltrada y traicionada por el agente asesino que se presenta disimulado bajo el semblante de un “ángel”, rubio para más datos. Ese punto en particular al que me refiero designa la guardia baja por parte de unas madres heridas, golpeadas, torturadas como sus hijas/os, pero sobre todo en pie de lucha, de reclamar verdad y justicia. Ese punto de encuentro desafortunado entre “un hombre joven que tendría la edad de nuestros hijos”, según la declaración de Norita ante el tribunal por el juicio a la ESMA en 2010, y las ganas de encontrar y cuidar a los propios, allí, en esa vulnerabilidad expuesta como una fractura ansiosa de solazarse con el hallazgo anhelado; en el clamor pesaroso de la ausencia incurable, allí dio el zarpazo la bestia.

 

En aquella oportunidad, la bestia se cargó 12 de los buenos, de los mejores, quienes reclamaban justicia y se juntaban para pensar mejor cómo hacerle frente a tanto dolor, avasallamiento, locura y muerte.

 

El punto que hoy resalto está dado por el cruce de un reclamo férreo y desesperado de verdad y justicia y el modus operandi del estado terrorista que encomienda a uno de sus arietes el trabajo sucio: engaño, seducción y muerte. En ese infortunio de una complementariedad tramposa concurren también otros elementos sensibles: la inteligencia interna, el dolor de las madres y la perversión estatal.

 

El estado de excepción o el gato maula

 

Nada peor que un estado de excepción, aquel que funda su existencia en un tipo de organización respecto de la cual se sitúa por fuera, al margen, para -desde allí- jugar al gato maula con el mísero ratón o, dicho de otra manera, aprovecharse de los ciudadanos degradados ahora al estatuto de rehenes, prisioneros, potenciales desaparecidos.

 

Considero que aun en las pequeñas cosas, en nuestras vidas modestas de cada día, de mujeres y hombres de a pie, es posible detectar la operatoria despiadada, cruel, disociada, en fin, asesina, de la excepcionalidad devenida “vale todo” y sus argumentos justificativos: algo habrá hecho, por algo será, mejor quedarse en el molde (sucedáneo maloliente de “el silencio es salud”), etc. “Los argentinos somos derechos y humanos” rezaba mentiroso un opresivo slogan de la dictadura asesina. Ese es el mecanismo que me interesa señalar: la declamación proferida desde el seno de la perpetración misma del horror, en flagrancia, leída como signo de una operación en marcha. Entonces se trataba de una “operación genocidio”, parafraseando el título de Rodolfo Walsh. Me interesa pensar cómo continúa hoy esa dinámica y cuáles son sus marcas.

 

Considero que las cosas no están dadas ni suceden porque sí ni son “procesos”. Ese término ha encubierto responsabilidades, representa la coartada de ocultarse tras una fórmula impersonal. Las cosas no ocurren solas debido a un proceso inexorable, como el digestivo o el de Kafka. Más bien suceden porque hay personas que adoptan tal o cual posición, esta o aquella actitud, se relacionan con la ética de modos diversos.

 

Los fundamentos de un supuesto “proceso” no están dados por patotas de matones, brazos armados o intereses económicos, por mencionar algunos de los componentes de la última dictadura. Entiendo que la operatoria de un sistema pervertido, viciado en terrorismo de estado, infunde pavor en los cuerpos y eso determina una serie de actitudes defensivas que hace que, entre otras cosas, las determinaciones del poder se vectoricen capilarmente a través de cada particular, de cada individuo, de cada familia, de cada organización.

 

Hay ciertas condiciones estructurales. Por un lado, se proclama una norma que es transgredida por quien se supone debe garantizarla; eso en cuanto al estado. Se sospecha del y se vigila al otro (al vecino, al prójimo) destruyendo los lazos de compañerismo en función de un primum vivere despiadado basado en la delación premiada o al menos en el exilio en cualquiera de sus variantes. Bien podría tratarse de radicarse en otro país, posibilidad solo accesible para algunos por razones diversas; o bien, un “exilio interno”. Entiendo que esta última forma, que supongo mayoritaria entre los sobrevivientes, no se refiere solamente a volverse invisible e inaudible en lo que atañe a la política y quedarse en el país, sino que tiene una acepción más severa para quienes la han padecido: exilarse adentro, aislarse en el propio ser -por eso mismo ya impropio- refugiarse en el ostracismo, un solipsismo obligado correlativo de una tontería anestésica prescripta también por el contexto. Todo esto significa que el mentado exilio interior reúne las características opresivas de la angustia crónica.

 

Recapitulando, el estado de excepción, la sospecha generalizada y la cancelación de toda versión que no esté alineada con la hegemónica arrojan como resultado una dinámica de pensamiento único. Si esto se radicaliza y se distribuyen el bien y el mal como atributos de determinados grupos segregados por el discurso imperante, el resultado es una dictadura nefasta comparable con los peores absolutismos surgidos en el viejo mundo el siglo pasado.

 

La pluralidad de voces, el deseo y el oscurantismo que siempre acecha.

 

La pluralidad de voces, la convivencia democrática, el poder emanado de un estado de derecho se opone de lleno a todo tipo de operación de persecución de grupos o individuos sojuzgados por las instancias de poder.

 

En el psicoanálisis nos orientamos por la política del deseo. Dicho de un modo sencillo, podemos entenderla como la propuesta de elegir el riesgo de lanzarnos a lo que queremos contra la tentación de la comodidad que no nos interesa. A ese deseo, en un análisis, se llega por medio de palabras que hacen lugar a distintas voces que delinean las condiciones de advenimiento del sujeto e incluso a él mismo. No se puede acceder al deseo sin la política porque él mismo surge de la polis, del encuentro con las otras y los otros, de la deliberación siempre polifónica.

 

Quienes fuimos jóvenes en la primavera democrática de 1983 y luego llenamos la Plaza en el ‘87 para sostener entre todas/os la democracia naciente amenazada nuevamente por el alzamiento carapintada -recuerdo al pueblo autoconvocado- podemos dar testimonio de que el espíritu democrático, los jóvenes caminando y besándose libremente en las calles y las plazas, los espectáculos populares al aire libre, en resumen: un deseo civil, compartido y hospitalario para pensar un futuro mejor adviene de la mano de la política.

 

El deseo es la política o viceversa. Lo opuesto es la dinámica opresiva que pretende instalar un pensamiento único donde quienes no comulguen con las imposiciones de Dios-Mercado o sean expulsados por éste de la vida, se caigan del mapa bajo la figura de “excluidos estructurales”, con argumentos falaces, en primer lugar la cantinela de la “meritocracia” (eufemismo por “pelito pa’la vieja” espetado por quienes nacieron en situación de privilegio).

 

La dinámica del absolutismo no admite la pluralidad de voces. Ese rechazo del deseo del Otro hoy se sirve en la bandeja del repudio a la política. Se habla, se dice, se desea, eso es política y se hace porque las condiciones están dadas. Si no las hubiéramos defendido entre todos, en el ’87 podríamos haber retrocedido al oscurantismo que siempre acecha.

 

Por eso, como decía al principio, cada vez que la efeméride me recuerda que llega el Día de los Derechos Humanos no puedo más que estremecerme, ya que inevitablemente pienso que si hay que celebrarlos significa que todavía es necesario recordarlos, rescatarlos, defenderlos y exigir su cumplimiento.

*Por Martín Alomo

Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Especialista en Metodología de la Investigación. Profesor de y Licenciado en Psicología (UBA). Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013).


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Los 12 de la Santa Cruz y una complementariedad “tramposa”.

 

En 1977, en la desaparición forzada del grupo conocido como “Los 12 de la Santa Cruz” por parte del estado terrorista encarnado por la última dictadura militar hay un punto que me interesa destacar. Me refiero a la confianza caracterizada incluso como “ingenua” por Nora Cortiñas, que es espiada, infiltrada y traicionada por el agente asesino que se presenta disimulado bajo el semblante de un “ángel”, rubio para más datos. Ese punto en particular al que me refiero designa la guardia baja por parte de unas madres heridas, golpeadas, torturadas como sus hijas/os, pero sobre todo en pie de lucha, de reclamar verdad y justicia. Ese punto de encuentro desafortunado entre “un hombre joven que tendría la edad de nuestros hijos”, según la declaración de Norita ante el tribunal por el juicio a la ESMA en 2010, y las ganas de encontrar y cuidar a los propios, allí, en esa vulnerabilidad expuesta como una fractura ansiosa de solazarse con el hallazgo anhelado; en el clamor pesaroso de la ausencia incurable, allí dio el zarpazo la bestia.

 

En aquella oportunidad, la bestia se cargó 12 de los buenos, de los mejores, quienes reclamaban justicia y se juntaban para pensar mejor cómo hacerle frente a tanto dolor, avasallamiento, locura y muerte.

 

El punto que hoy resalto está dado por el cruce de un reclamo férreo y desesperado de verdad y justicia y el modus operandi del estado terrorista que encomienda a uno de sus arietes el trabajo sucio: engaño, seducción y muerte. En ese infortunio de una complementariedad tramposa concurren también otros elementos sensibles: la inteligencia interna, el dolor de las madres y la perversión estatal.

 

El estado de excepción o el gato maula

 

Nada peor que un estado de excepción, aquel que funda su existencia en un tipo de organización respecto de la cual se sitúa por fuera, al margen, para -desde allí- jugar al gato maula con el mísero ratón o, dicho de otra manera, aprovecharse de los ciudadanos degradados ahora al estatuto de rehenes, prisioneros, potenciales desaparecidos.

 

Considero que aun en las pequeñas cosas, en nuestras vidas modestas de cada día, de mujeres y hombres de a pie, es posible detectar la operatoria despiadada, cruel, disociada, en fin, asesina, de la excepcionalidad devenida “vale todo” y sus argumentos justificativos: algo habrá hecho, por algo será, mejor quedarse en el molde (sucedáneo maloliente de “el silencio es salud”), etc. “Los argentinos somos derechos y humanos” rezaba mentiroso un opresivo slogan de la dictadura asesina. Ese es el mecanismo que me interesa señalar: la declamación proferida desde el seno de la perpetración misma del horror, en flagrancia, leída como signo de una operación en marcha. Entonces se trataba de una “operación genocidio”, parafraseando el título de Rodolfo Walsh. Me interesa pensar cómo continúa hoy esa dinámica y cuáles son sus marcas.

 

Considero que las cosas no están dadas ni suceden porque sí ni son “procesos”. Ese término ha encubierto responsabilidades, representa la coartada de ocultarse tras una fórmula impersonal. Las cosas no ocurren solas debido a un proceso inexorable, como el digestivo o el de Kafka. Más bien suceden porque hay personas que adoptan tal o cual posición, esta o aquella actitud, se relacionan con la ética de modos diversos.

 

Los fundamentos de un supuesto “proceso” no están dados por patotas de matones, brazos armados o intereses económicos, por mencionar algunos de los componentes de la última dictadura. Entiendo que la operatoria de un sistema pervertido, viciado en terrorismo de estado, infunde pavor en los cuerpos y eso determina una serie de actitudes defensivas que hace que, entre otras cosas, las determinaciones del poder se vectoricen capilarmente a través de cada particular, de cada individuo, de cada familia, de cada organización.

 

Hay ciertas condiciones estructurales. Por un lado, se proclama una norma que es transgredida por quien se supone debe garantizarla; eso en cuanto al estado. Se sospecha del y se vigila al otro (al vecino, al prójimo) destruyendo los lazos de compañerismo en función de un primum vivere despiadado basado en la delación premiada o al menos en el exilio en cualquiera de sus variantes. Bien podría tratarse de radicarse en otro país, posibilidad solo accesible para algunos por razones diversas; o bien, un “exilio interno”. Entiendo que esta última forma, que supongo mayoritaria entre los sobrevivientes, no se refiere solamente a volverse invisible e inaudible en lo que atañe a la política y quedarse en el país, sino que tiene una acepción más severa para quienes la han padecido: exilarse adentro, aislarse en el propio ser -por eso mismo ya impropio- refugiarse en el ostracismo, un solipsismo obligado correlativo de una tontería anestésica prescripta también por el contexto. Todo esto significa que el mentado exilio interior reúne las características opresivas de la angustia crónica.

 

Recapitulando, el estado de excepción, la sospecha generalizada y la cancelación de toda versión que no esté alineada con la hegemónica arrojan como resultado una dinámica de pensamiento único. Si esto se radicaliza y se distribuyen el bien y el mal como atributos de determinados grupos segregados por el discurso imperante, el resultado es una dictadura nefasta comparable con los peores absolutismos surgidos en el viejo mundo el siglo pasado.

 

La pluralidad de voces, el deseo y el oscurantismo que siempre acecha.

 

La pluralidad de voces, la convivencia democrática, el poder emanado de un estado de derecho se opone de lleno a todo tipo de operación de persecución de grupos o individuos sojuzgados por las instancias de poder.

 

En el psicoanálisis nos orientamos por la política del deseo. Dicho de un modo sencillo, podemos entenderla como la propuesta de elegir el riesgo de lanzarnos a lo que queremos contra la tentación de la comodidad que no nos interesa. A ese deseo, en un análisis, se llega por medio de palabras que hacen lugar a distintas voces que delinean las condiciones de advenimiento del sujeto e incluso a él mismo. No se puede acceder al deseo sin la política porque él mismo surge de la polis, del encuentro con las otras y los otros, de la deliberación siempre polifónica.

 

Quienes fuimos jóvenes en la primavera democrática de 1983 y luego llenamos la Plaza en el ‘87 para sostener entre todas/os la democracia naciente amenazada nuevamente por el alzamiento carapintada -recuerdo al pueblo autoconvocado- podemos dar testimonio de que el espíritu democrático, los jóvenes caminando y besándose libremente en las calles y las plazas, los espectáculos populares al aire libre, en resumen: un deseo civil, compartido y hospitalario para pensar un futuro mejor adviene de la mano de la política.

 

El deseo es la política o viceversa. Lo opuesto es la dinámica opresiva que pretende instalar un pensamiento único donde quienes no comulguen con las imposiciones de Dios-Mercado o sean expulsados por éste de la vida, se caigan del mapa bajo la figura de “excluidos estructurales”, con argumentos falaces, en primer lugar la cantinela de la “meritocracia” (eufemismo por “pelito pa’la vieja” espetado por quienes nacieron en situación de privilegio).

 

La dinámica del absolutismo no admite la pluralidad de voces. Ese rechazo del deseo del Otro hoy se sirve en la bandeja del repudio a la política. Se habla, se dice, se desea, eso es política y se hace porque las condiciones están dadas. Si no las hubiéramos defendido entre todos, en el ’87 podríamos haber retrocedido al oscurantismo que siempre acecha.

 

Por eso, como decía al principio, cada vez que la efeméride me recuerda que llega el Día de los Derechos Humanos no puedo más que estremecerme, ya que inevitablemente pienso que si hay que celebrarlos significa que todavía es necesario recordarlos, rescatarlos, defenderlos y exigir su cumplimiento.

*Por Martín Alomo

Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Especialista en Metodología de la Investigación. Profesor de y Licenciado en Psicología (UBA). Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013).


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Los 12 de la Santa Cruz y una complementariedad “tramposa”.

 

En 1977, en la desaparición forzada del grupo conocido como “Los 12 de la Santa Cruz” por parte del estado terrorista encarnado por la última dictadura militar hay un punto que me interesa destacar. Me refiero a la confianza caracterizada incluso como “ingenua” por Nora Cortiñas, que es espiada, infiltrada y traicionada por el agente asesino que se presenta disimulado bajo el semblante de un “ángel”, rubio para más datos. Ese punto en particular al que me refiero designa la guardia baja por parte de unas madres heridas, golpeadas, torturadas como sus hijas/os, pero sobre todo en pie de lucha, de reclamar verdad y justicia. Ese punto de encuentro desafortunado entre “un hombre joven que tendría la edad de nuestros hijos”, según la declaración de Norita ante el tribunal por el juicio a la ESMA en 2010, y las ganas de encontrar y cuidar a los propios, allí, en esa vulnerabilidad expuesta como una fractura ansiosa de solazarse con el hallazgo anhelado; en el clamor pesaroso de la ausencia incurable, allí dio el zarpazo la bestia.

 

En aquella oportunidad, la bestia se cargó 12 de los buenos, de los mejores, quienes reclamaban justicia y se juntaban para pensar mejor cómo hacerle frente a tanto dolor, avasallamiento, locura y muerte.

 

El punto que hoy resalto está dado por el cruce de un reclamo férreo y desesperado de verdad y justicia y el modus operandi del estado terrorista que encomienda a uno de sus arietes el trabajo sucio: engaño, seducción y muerte. En ese infortunio de una complementariedad tramposa concurren también otros elementos sensibles: la inteligencia interna, el dolor de las madres y la perversión estatal.

 

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Nada peor que un estado de excepción, aquel que funda su existencia en un tipo de organización respecto de la cual se sitúa por fuera, al margen, para -desde allí- jugar al gato maula con el mísero ratón o, dicho de otra manera, aprovecharse de los ciudadanos degradados ahora al estatuto de rehenes, prisioneros, potenciales desaparecidos.

 

Considero que aun en las pequeñas cosas, en nuestras vidas modestas de cada día, de mujeres y hombres de a pie, es posible detectar la operatoria despiadada, cruel, disociada, en fin, asesina, de la excepcionalidad devenida “vale todo” y sus argumentos justificativos: algo habrá hecho, por algo será, mejor quedarse en el molde (sucedáneo maloliente de “el silencio es salud”), etc. “Los argentinos somos derechos y humanos” rezaba mentiroso un opresivo slogan de la dictadura asesina. Ese es el mecanismo que me interesa señalar: la declamación proferida desde el seno de la perpetración misma del horror, en flagrancia, leída como signo de una operación en marcha. Entonces se trataba de una “operación genocidio”, parafraseando el título de Rodolfo Walsh. Me interesa pensar cómo continúa hoy esa dinámica y cuáles son sus marcas.

 

Considero que las cosas no están dadas ni suceden porque sí ni son “procesos”. Ese término ha encubierto responsabilidades, representa la coartada de ocultarse tras una fórmula impersonal. Las cosas no ocurren solas debido a un proceso inexorable, como el digestivo o el de Kafka. Más bien suceden porque hay personas que adoptan tal o cual posición, esta o aquella actitud, se relacionan con la ética de modos diversos.

 

Los fundamentos de un supuesto “proceso” no están dados por patotas de matones, brazos armados o intereses económicos, por mencionar algunos de los componentes de la última dictadura. Entiendo que la operatoria de un sistema pervertido, viciado en terrorismo de estado, infunde pavor en los cuerpos y eso determina una serie de actitudes defensivas que hace que, entre otras cosas, las determinaciones del poder se vectoricen capilarmente a través de cada particular, de cada individuo, de cada familia, de cada organización.

 

Hay ciertas condiciones estructurales. Por un lado, se proclama una norma que es transgredida por quien se supone debe garantizarla; eso en cuanto al estado. Se sospecha del y se vigila al otro (al vecino, al prójimo) destruyendo los lazos de compañerismo en función de un primum vivere despiadado basado en la delación premiada o al menos en el exilio en cualquiera de sus variantes. Bien podría tratarse de radicarse en otro país, posibilidad solo accesible para algunos por razones diversas; o bien, un “exilio interno”. Entiendo que esta última forma, que supongo mayoritaria entre los sobrevivientes, no se refiere solamente a volverse invisible e inaudible en lo que atañe a la política y quedarse en el país, sino que tiene una acepción más severa para quienes la han padecido: exilarse adentro, aislarse en el propio ser -por eso mismo ya impropio- refugiarse en el ostracismo, un solipsismo obligado correlativo de una tontería anestésica prescripta también por el contexto. Todo esto significa que el mentado exilio interior reúne las características opresivas de la angustia crónica.

 

Recapitulando, el estado de excepción, la sospecha generalizada y la cancelación de toda versión que no esté alineada con la hegemónica arrojan como resultado una dinámica de pensamiento único. Si esto se radicaliza y se distribuyen el bien y el mal como atributos de determinados grupos segregados por el discurso imperante, el resultado es una dictadura nefasta comparable con los peores absolutismos surgidos en el viejo mundo el siglo pasado.

 

La pluralidad de voces, el deseo y el oscurantismo que siempre acecha.

 

La pluralidad de voces, la convivencia democrática, el poder emanado de un estado de derecho se opone de lleno a todo tipo de operación de persecución de grupos o individuos sojuzgados por las instancias de poder.

 

En el psicoanálisis nos orientamos por la política del deseo. Dicho de un modo sencillo, podemos entenderla como la propuesta de elegir el riesgo de lanzarnos a lo que queremos contra la tentación de la comodidad que no nos interesa. A ese deseo, en un análisis, se llega por medio de palabras que hacen lugar a distintas voces que delinean las condiciones de advenimiento del sujeto e incluso a él mismo. No se puede acceder al deseo sin la política porque él mismo surge de la polis, del encuentro con las otras y los otros, de la deliberación siempre polifónica.

 

Quienes fuimos jóvenes en la primavera democrática de 1983 y luego llenamos la Plaza en el ‘87 para sostener entre todas/os la democracia naciente amenazada nuevamente por el alzamiento carapintada -recuerdo al pueblo autoconvocado- podemos dar testimonio de que el espíritu democrático, los jóvenes caminando y besándose libremente en las calles y las plazas, los espectáculos populares al aire libre, en resumen: un deseo civil, compartido y hospitalario para pensar un futuro mejor adviene de la mano de la política.

 

El deseo es la política o viceversa. Lo opuesto es la dinámica opresiva que pretende instalar un pensamiento único donde quienes no comulguen con las imposiciones de Dios-Mercado o sean expulsados por éste de la vida, se caigan del mapa bajo la figura de “excluidos estructurales”, con argumentos falaces, en primer lugar la cantinela de la “meritocracia” (eufemismo por “pelito pa’la vieja” espetado por quienes nacieron en situación de privilegio).

 

La dinámica del absolutismo no admite la pluralidad de voces. Ese rechazo del deseo del Otro hoy se sirve en la bandeja del repudio a la política. Se habla, se dice, se desea, eso es política y se hace porque las condiciones están dadas. Si no las hubiéramos defendido entre todos, en el ’87 podríamos haber retrocedido al oscurantismo que siempre acecha.

 

Por eso, como decía al principio, cada vez que la efeméride me recuerda que llega el Día de los Derechos Humanos no puedo más que estremecerme, ya que inevitablemente pienso que si hay que celebrarlos significa que todavía es necesario recordarlos, rescatarlos, defenderlos y exigir su cumplimiento.

*Por Martín Alomo

Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Especialista en Metodología de la Investigación. Profesor de y Licenciado en Psicología (UBA). Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013).


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Derechos Humanos

Martín Alomo

Columnista

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