La ansiedad suele jugarle una mala pasada a nuestras ganas de comer. En momentos de estrés o emociones intensas, es común sentir la necesidad de picar algo y muchas veces no elegimos lo más sano. Pero, ¿qué pasa si en vez de prohibirnos, aprendemos a entender lo que sentimos y a elegir sin culpa?
1. No es hambre, es emoción
La ansiedad muchas veces activa lo que se conoce como “hambre emocional“: no comemos por necesidad física, sino para calmar una sensación interna. El primer paso es aprender a identificar si realmente tenemos hambre o estamos buscando consuelo.
