Usar más agua no siempre mejora la limpieza, y de hecho puede jugar en contra, porque cuando hay exceso de humedad en lugar de arrastrar mejor la suciedad lo que sucede es que se dispersa, se diluye de forma irregular y muchas veces queda en la superficie sin terminar de retirarse, generando ese resultado medio opaco o con marcas que aparece incluso después de haber pasado el trapo.
A esto se suma que el secado se vuelve más lento, y mientras el agua permanece, también puede arrastrar residuos de productos o del ambiente que vuelven a depositarse, dejando una sensación de limpieza incompleta aunque el esfuerzo haya sido mayor.
También influye el tipo de material, porque no todas las superficies reaccionan igual: algunas absorben parte de esa humedad y pueden quedar manchadas o con cambios en la textura, mientras que otras simplemente no logran secarse de forma pareja, lo que hace que se noten vetas o huellas al final. En lugar de ayudar, el exceso termina dificultando el control del proceso, ya que es más complicado manejar la cantidad de suciedad que realmente se está retirando.
