Tomar una bebida parece una experiencia sencilla, pero intervienen muchos más factores que el sabor en sí. El aroma, la temperatura, la textura e incluso las expectativas pueden modificar la forma en que percibimos lo que estamos consumiendo. Por eso, una misma preparación puede generar sensaciones diferentes según el recipiente en el que se sirva.
La forma del vaso o de la taza influye, por ejemplo, en cómo llegan los aromas a la nariz. Como gran parte de lo que identificamos como sabor está relacionado con el olfato, pequeñas diferencias en la concentración de los aromas pueden cambiar la experiencia general. Esta es una de las razones por las que ciertas bebidas suelen servirse en recipientes diseñados específicamente para ellas.

La temperatura también desempeña un papel importante. Algunos materiales conservan mejor el calor o el frío, permitiendo que la bebida mantenga durante más tiempo las características para las que fue preparada. Una taza gruesa de cerámica, por ejemplo, ofrece una experiencia distinta a la de un vaso fino de vidrio, incluso cuando contienen exactamente el mismo líquido.
