Una semana de cielos grises puede generar una sensación curiosa: para algunos, los días parecen pasar más lento; para otros, todos se mezclan y da la impresión de que el tiempo se escurrió sin dejar demasiados recuerdos. Aunque parezca una simple percepción, la cantidad de luz natural que recibimos influye en varios procesos relacionados con la forma en que experimentamos el paso del tiempo.

La luz solar funciona como una de las principales referencias que usa el organismo para organizar los ritmos biológicos. El amanecer, la intensidad de la claridad durante el día y la llegada de la noche ayudan a marcar una estructura temporal que el cerebro utiliza para orientarse. Cuando predominan las jornadas nubladas durante varios días seguidos, esas señales pueden volverse menos evidentes.
En una jornada soleada es más fácil percibir cómo avanza el tiempo a través de la variación de la luz exterior. La intensidad del sol cambia, las sombras se desplazan y el ambiente modifica su aspecto a medida que pasan las horas.