Durante los días de bajas temperaturas, hay personas que notan rápidamente cambios visibles en la piel, como enrojecimiento, sensibilidad o sensación de ardor, especialmente en zonas expuestas como el rostro y las manos.
Aunque se trata de una reacción bastante común, no todas las pieles responden igual al frío y esa diferencia tiene relación con distintos factores vinculados a la circulación, la sensibilidad cutánea y la capacidad natural de protección de la piel.
Cuando el cuerpo se expone al frío, los vasos sanguíneos se contraen para conservar el calor interno. Sin embargo, al volver a entrar en calor o ante cambios bruscos de temperatura, esos vasos pueden dilatarse rápidamente y provocar enrojecimiento. En las pieles más sensibles o reactivas, este efecto suele ser más evidente.
