Las toallas están en contacto con la piel todos los días y se lavan con frecuencia, pero con el paso del tiempo pueden empezar a cumplir peor su función. Una de las señales más habituales es que dejan de retirar el agua con facilidad, incluso cuando salen limpias del lavarropas. Este cambio no siempre significa que el tejido llegó al final de su vida útil: en muchos casos, está relacionado con la acumulación de residuos, el uso de determinados productos o la forma de secado.
La capacidad de absorción depende, en buena medida, de las fibras y de la estructura del tejido. Las toallas de algodón, por ejemplo, tienen pequeños espacios entre sus fibras que facilitan la retención del agua. Cuando esos espacios quedan cubiertos por residuos o el material se deteriora, el rendimiento puede disminuir.
Uno de los motivos más frecuentes es el uso excesivo de suavizante. Estos productos dejan una película sobre las fibras que aporta una sensación de suavidad al tacto, pero que también puede reducir su capacidad para absorber agua. Por eso, aunque la toalla parezca más agradable, puede secar menos que antes.
