El aire acondicionado es un gran aliado frente al calor, pero también modifica el equilibrio del aire que respiramos y suele traer una consecuencia bastante común: la sensación de sequedad en la piel, los ojos y las vías respiratorias.
Estos equipos funcionan enfriando el aire y, en ese proceso, eliminan gran parte de la humedad del ambiente. Al bajar la temperatura, el aire pierde capacidad de retener vapor de agua, lo que genera un entorno más seco.

Cuando la humedad ambiental disminuye, el cuerpo pierde agua con mayor facilidad, la piel se reseca, los labios se agrietan y los ojos pueden arder o sentirse irritados, especialmente después de varias horas de exposición.
